
Este es el retrato que la policía elaboró para buscar a Jaycee Lee Dugard.
Muchos deben preguntarse qué es lo que ocurrirá con Jaycee Lee Dugard tras su liberación y una historia muy parecida, ocurrida no hace muchos años, puede ofrecernos algunas luces al respecto.
En el 2006, la austríaca Natascha Kampusch logró fugar de la casa en la que Wolfgang Priklopil la mantuvo cautiva durante ocho años. En ese lapso, el secuestrador se encargó de educar y criar en el sótano de su casa a la por entonces menor y, solo después de siete largos años, le permitió salir al jardín para, por primera vez, contemplar el raro exterior. Esta fue una de las pocas oportunidades que tuvo para fugar, y así lo hizo.
"Mis padres lloraron y me abrazaron al verme luego de tantos años, pero para mí fue extraño: no sabía qué sentir", dijo Natascha en una de las pocas entrevistas que concedió luego de alcanzar la libertad.
Pero no sólo esta frase revela la extraña conducta que puede tener alguien que ha sido secuestrado por años. Tan solo horas después de su liberación, diversos sicólogos y siquiatras sugirieron que la joven podría estar sufriendo el Síndrome de Estocolmo.
Este síndrome es una respuesta sicológica en la cual la víctima de un secuestro desarrolla una relación de complicidad con su atacante y tiene un asidero real: En 1973, varios delincuentes asaltaron el banco Kreditbanken, de Estocolmo (Suecia), y mantuvieron como rehenes a los clientes que estaban allí por 6 días, luego de lo cual no tuvieron más remedio que entregarse. Lo sorprendente del caso fue que las cámaras de televisión lograron captar el momento en el que una de las víctimas besó a uno de sus captores antes de ser detenido por la policía. Peor aún: todos ellos se negaron posteriormente a colaborar en el juicio a los delincuentes.

Un caso similar ocurrió con Patricia Hearst, nieta del magnate William Randolph Hearst.
La literatura especializada refiere que entre un secuestrador y su víctima se desarrolla una relación intensa en la que el primero puede convertirse en un benefactor o alguien que está haciendo algo bueno para la segunda. Asimismo, explica que la víctima solo es capaz de soportar el hacinamiento creyendo en los motivos que llevaron al autor a cometer el rapto. El efecto de ambos, sin embargo, es el mismo: el secuestrado termina aceptando como positiva su captura y, peor aún, se identifica con su abusador.
¿Pudo esto llevar a la joven austríaca, hoy de 21 años, a confesar en su primera entrevista que sintió lástima por Priklopil, quien se suicidó tras la fuga, y guardar hasta hoy la foto de su féretro, según ha revelado su madre, Brigitta Sirny? ¿Puede esto ocurrirle también a Jaycee?
En una entrevista para la cadena CBS, Carl Probyn, padrastro de Dugard, revela hoy que ella ha asegurado sentirse culpable, aparentemente porque sus captores habían sido capturados "por culpa de ella".
"Cualquier persona que ha sido víctima de un aislamiento forzoso como lo es el secuestro, una vez libre, debe recibir ayuda psicológica, sin excepción. El tratamiento debe ser más profundo e intenso después de dos meses de la liberación, que es cuando la persona empieza a retomar contacto con la realidad, señaló la sicóloga colombiana, Olga Lucía Gómez, en una entrevista.
Su caso, ya se sabe, está recién en una etapa inicial, pero no cabe duda de que la joven deberá recurrir a la ayuda de especialistas para liberar algo más, algo pendiente y que no espera: los demonios de un cautiverio que luego de ocho años llegó para siempre a su fin.
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